- Dime J ¿que es lo que ves?
J tardó unos segundos en responder, pensando si la pregunta tenía trampa.
- Pues... son dos funerales- una breve pausa-. Ésta chica lo está pasando fatal, y en cambio ésta otra- dijo señalando el monitor de la derecha- parece que lo acepta bastante bien.
-¿Sabes porqué te he hecho llamar?- silencio-. ¿Sabes que es lo que me preocupa?- J parecía dispuesto a contestar, pero él siguió hablando, dejándolo con la boca abierta-. Esos dos funerales se han celebrado en mis instalaciones, y a esa gente la han atendido mis empleados. Piensa en el dineral que han pagado para contratar nuestros servicios. ¿Ves a esa joven llorando? ¿La entiendes? ¡Pues yo no!- lanzó el vaso de plástico a la basura con violencia.
-Señor X no creo que deba preocuparse por eso. Esa gente ha contratado los servicios de la empresa por voluntad propia. Usted se ha encargado de que no falte ningún lujo. Contamos con los mejores profesionales... Nadie en el mundo puede ofrecer lo que usted a desarrollado y a convertido en realidad. Insisto señor, no creo que tenga porque preocuparse.
-Si no me preocupara por esos detalles nunca hubiera llegado hasta aquí- su voz había perdido el tono violento, pero lo había sustituido uno más frío y pausado que aterrorizó a J. Encendió un cigarrillo, y tras varias caladas cortas lo apagó en un cenicero-. La diferencia entre usted y yo, J, es que yo me pongo en la piel de ellos, y si uno de mis clientes se siente mal durante...
-Uno entre un millón- lo interrumpió.
-Si ha pasado una vez, puede volver a pasar!- gritó en un nuevo estallido de ira-. Eso podría ser el fin de mi empresa. Y lo que es peor, el fin de todo por lo que he luchado- se miró las manos, y su vista se detuvo en su muñeca izquierda, donde una pulsera tenía un número 14 grabado-. Nada tendría sentido...- terminó en un susurro.
Ambos permanecieron callados durante algunos minutos, mientras veían las imágenes en los dos monitores encendidos. En ellos transcurrían dos escenas similares, solo que en una la cliente parecía contenta, y en la otra una joven parecía desolada.
***
Era una mujer elegante y atractiva. Embutida en aquel vestido negro, tan ceñido y escotado, no aparentaba sus sesenta años. Mantenía una buena figura fruto del gimnasio, y una dieta sana (y una buena cantidad de polvos diarios. "Uno me los da mi marido y los esnifo; y los otros son los amigos de mi marido y me los tiro"). Todos los allí reunidos estaban de muy buen humor, comían y bebían disfrutando del funeral.
Ella se sabía el centro de atención, y se recreaba en todas las conversaciones. Disfrutaba poniendo en apuros a aquellos hombres con los que se acostaba y habían acudido allí con sus esposas. Les sonreía a ellas también, claro, soltaba algún comentario fuera de lugar y los dejaba allí plantados, donde ellas empezaban una larga batería de preguntas que ellos no sabían contestar.
Así que cuando se abrieron las puertas y la música y las luces cambiaron a un ambiente más íntimo, ella perdió todo su protagonismo y el último pensamiento que le dedicó a su difunto marido fue de rabia, y el primer sentimiento hacia su nuevo marido fue de odio.
***
En el monitor de la izquierda aparecía el mismo decorado, las mismas instalaciones. Era una grabación posterior. Pero era una imagen totalmente distinta. Los invitados estaban preocupados por la joven que ocupaba el centro de todas las miradas. En mayor o menor medida, contratar los servicios de R-Aenima les había supuesto un alivio a todos. El padre del joven fallecido tendría una oportunidad de redimirse, y aplacar cierto sentimiento de culpa. Los padres de la temprana viuda tenían la esperanza de que su hija recuperase las ganas de vivir. Incluso el jefe del difunto, intentaría no perder su artículo semanal en su publicación. Y allí estaba ella, la joven destrozada por el dolor, tan indefensa, tan diminuta, sola en medio del salón. Todos lo habían intentado, pero nadie sabía como consolarla. Así que cuando se abrieron las puertas, y la música y las luces dejaron paso a un ambiente más íntimo, ella contuvo su llanto un instante (no pudo hacer lo mismo con sus lágrimas, que seguían resbalando mejilla abajo), y levantó la vista, sin esperanza, para ver el momento clave de la ceremonia.
***
En ambas pantallas la ceremonia transcurría de forma idéntica, tal como exigía el protocolo de la empresa. Los empleados apenas se dejaban ver por los clientes, como si todo fuera obra del gran dios invisible, omnipresente y todopoderoso.
Las luces bajaron de intensidad, y la música cambió a una suave melodía clásica. Una pantalla gigante, descendida desde el techo de manera imperceptible, mostraba imágenes de la vida del fallecido en orden cronológico, hasta llegar al video del entierro, rodado tan solo una hora antes. La música subió de intensidad acompañando el nudo que todos tenían en la garganta.
Entonces, en cada una de las dos escenas, las grandes puertas dobles se abrieron solas, y empezó a a brotar una cortina de humo desde una máquina oculta. La silueta de una persona apareció en el marco de la puerta, y tras una breve pausa, atravesó el humo de colores, y entró en salón. Cada una de las viudas tenía frente a sí a su nuevo marido.
***
A sus sesenta años no le hubiera costado nada sacar a relucir su sonrisa menos sincera (lo había hecho tantas veces con él...), pero realmente estaba contenta. Su marido era un estorbo, si. La llamaba constantemente al móvil, se preocupaba por ella y sus largas excursiones. Le hacía asistir cogida del brazo a reuniones de trabajo (aunque no olvidaba que era allí donde había conocido a la mayoría de sus ricos amantes). También era consciente de que él nunca le pedía explicaciones; le pagaba sus eternas vacaciones y sus lujos. La verdad es que sin él, toda esa vida se acababa, porque por razones que no entendía, su ex-mujer y socia, tenía reservada gran parte de la tarta que era el dinero de él. Por eso contrató a esta empresa, que era un gran gasto pero también una inversión.
Y allí estaba, emocionándose incluso al volver a aquel viejo al que no se le levantaba su cosa. Empezó a correr hacia él para darle un abrazo, consciente de que todos la miraban, de que todos los ojos de los machos no perdían detalle de como sus pechos se peleaban por saltar del escote en cada saltito. Cuando llegó frente a él se abrazaron. Él miraba, sonriendo, a todos los presentes, y ella descansaba su cabeza en su hombro, complacida, pensando donde sería su próximo viaje.
***
La joven se acercó despacio, incrédula. Aguantó la respiración mientras acariciaba delicadamente aquel rostro tan conocido. Era su hombre, o más bien, era igual que su hombre. Su mirada era la misma, sus gestos idénticos, su sonrisa mantenía su sello personal. La abrazó y la besó sin que ella supiera resistirse. El beso debería haberla calmado, porque los labios no mentía, el calor de su aliento, los rincones secretos de su lengua, todo era como había sido siempre.
Pero ella lo había visto morir en sus brazos. Ella sintió como la vida se escapaba de él, como sus ojos se despedían con tristeza en un último instante, luego aspiró y se quedó con la vista perdida, y luego él ya no estaba allí.
No podía soportarlo, verlo allí de nuevo le ponía los pelos de punta, le dolía el alma. Se dio la vuela, y echó a correr, saliendo del salón y dejando a los demás presentes con la sonrisa congelada en sus caras.
***
-Sigo sin entenderlo J. Les concedo el mayor milagro visto jamás. Les regalo la vida. Solo yo tengo ese don y lo he puesto a su servicio... ¡Los he convertido en inmortales! ¡No lo entiendo! ¿Porque sigue llorando?- No había rabia, sino lástima en su voz.
J se ralamía los labios secos. Había temido que llegara ese momento, y ahora ya no tenía dudas, era tal como se lo había descrito su antecesor. Disimulando lo mejor que pudo, metió las manos dentro de su gabardina. Por suerte, la reunión del día anterior lo había puesto sobre aviso y estaba preparado, sino todo hubiera sido mucho más difícil.
-No se porqué sucede todo esto- la voz del viejo era poco más que un susurro. Se pasó una mano por la cara-. ¿Porqueee?
J sacó la mano del interior de la gabardina, la extendió temblorosa delante de sí mismo, a unos centímetros de la cabeza del señor X, y mientras veía como el cañón del arma se tambaleaba de un lado a otro, cerró los ojos y apretó el gatillo. Se oyó un pequeño silvido seco seguido de un crujido. Cuando volvió a abrir los ojos, vio como el cadáver del anciano se desplomaba sobre el escritorio con un pequeño agujero sangrante bajo uno de los pómulos.
Tras varios minutos en los que J. lloró silenciosamente, cogió el tabaco del otro y encendió un cigarrillo. La segunda calada le provocó un ataque de tos, y machacó la colilla en el cenicero. Eso le sacó del estado de shock en que se encontraba, y continuó el trabajo que había empezado. De pie, desde detrás del cadáver, tecleó en la computadora un código secreto que ni el difunto jefe conocía. Era parte del plan de seguridad que el señor X original había diseñado tantos años atrás.
A los pocos minutos se abrieron las puertas mecánicas del despacho y entró por ellas el señor X. Durante unos instantes J se quedó pasmado mirando alternativamente a los dos hombres iguales. Estaba prevenido sobre lo que iba a ocurrir, incluso él había activado el plan de emergencia xo...
-Vamos J, por el amor de dios, no dramaticemos. Llame al servicio de limpieza para que arreglen este pequeño desastre. Tomaremos u café mientras, y luego me mostrará esos vídeos con los que parece que tenemos un problemilla- levantó una mano coronada con una pulsera con el número 15, la puso sobre el hombro de J, y empezaron a andar hacia el exterior.
Espíritu Olímpico
(1a parte)
Samu estaba sentado en una mesa redonda al igual que los otros cinco desconocidos. Justo encima de ellos una única lámpara de cristal iluminaba de forma desigual la habitación, dejando que el denso humo del tabaco visitara a solas los rincones más oscuros de la sala.
Samuel Delafé no sabía exactamente como había llegado hasta allí.Tenía un vago recuerdo; en el aeropuerto compró un billete para un vuelo prácticamente al azar. Una vez bajó del avión, se subió a toda prisa en el primer autocar que arrancaba. En el último pueblo del recorrido se apeó, y anduvo sin dirección concreta durante casi dos horas, dejando los restos de la civilización detrás suyo. Por último se adentró en las colinas y atravesó un sendero invisible hasta llegar a aquella cabaña de vieja madera.
Samuel Delafé sin embargo tenía muy claro para qué había ido allí.
A los desconocidos no los había visto nunca antes. Se sentaban como él alrededor de la mesa, y todos se miraban con una extraña mezcla de emociones. Pero había una que se repetía en cada una de aquellas miradas y Samu no terminaba de reconocerla.Un ejecutivo con camisa y corbata no dejaba de hablar. Reía sus propias ocurrencias, y se daba un aire de importancia, como de cierta superioridad, pero la verdad es que se le veía histérico. Sólo le daba conversación la única mujer de la mesa, una cincuentona enorme, obesa, a la que le temblaban las manos, e intentaba – sin éxito- encenderse un nuevo cigarrillo antes de terminarse el que estaba fumando.
-Muy buenas noches- una voz potente y agradable justo detrás de Samuel les hizo callar a todos-. Soy el señor Bodh, y ustedes son mis invitados. Espero estén todo lo cómodos que se puede estar en un sitio así- el que hablaba era un altísimo hombre calvo. Samu no lo había visto hasta que empezó a hablar, y estaba seguro que el resto de invitados tampoco.
El recién llegado sonreía abiertamente y sus gestos, atentos y educados, hicieron que todos se relajaran un tanto. Todos menos Delafé, que ahora sabía qué emoción había estado viendo en las miradas del resto de invitados: miedo.
Acompañaba al anfitrión un sesentón de pelo grisáceo que le caía en una cascada hasta los hombros. No se separaba de una alta mesita metálica sobre la que reposaba un maletín blanco. A su izquierda un perchero repleto de abrigos, y a la derecha una gran ventana que dejaba ver un cielo oscuro, sin rastro de la luna ni de una sola estrella.
Un hombre con una descuidada barba de naufrago se removía incómodo en su silla. Cogió de encima de la mesa, delante suyo, un cuchillo grande y lo examinó muy de cerca. En la cara de sorpresa del resto, Samu vio que no era el único que no se había fijado hasta entonces en que cada uno tenía delante suyo un cuchillo idéntico y un trapo limpio. Todos los que se sentaban alrededor de la mesa se miraron unos a otros con desconfianza. Samu supo, como había sabido que todos tenían miedo, que alrededor de la mesa todos eran enemigos.
El calvo, ahora de pie junto a la señora, admiraba satisfecho la escena.
-Les ruego que me perdonen, es importante que les recuerde las reglas del juego- apoyó sus manos en los hombros de la gorda y del chino que tenía a su derecha y ambos se sobresaltaron a su contacto-. Un pequeño sorteo determinará quién de ustedes será el primero y empezaremos la rueda- siguió girando alrededor de los invitados, y fue visible el descanso que eso supuso para la gorda y el chino-. Ustedes, queridos míos, en cada ronda tendrán dos opciones durante su turno: jugar o rendirse. Si deciden que es el momento ideal para dejar el juego, les invitaremos amablemente a abandonar la casa. Por el contrario, pueden seguir jugando hasta que el último que no haya tirado la toalla sea el vencedor. Si nadie llega hasta el final, gano yo. Creo que ya tenían todo esto claro antes de venir hasta aquí. Seguidamente les entregaré el contrato que ustedes firmarán voluntariamente y empezaremos sin más- el calvo había rodeado toda la mesa y acabó su discurso justo al llegar al lado de Samuel, al que no llegó a tocar. Levantó las manos en lo que debería haber sido un gesto amistoso y concluyó-. Si alguien tiene alguna duda creo que este es el momento de preguntar.
Samuel recorrió con la vista a los que seguían sentados en la mesa y seguía viendo miedo, pero también excitación, curiosidad, y en algún caso hasta placer. Sabiendo que eran rivales, a Samu le vino a la mente la imagen de una carrera de atletismo en una olimpiada, justo en la salida: los rostros de concentración de los participantes, ansiedad, incluso soledad; cierta fuerza irracional capaz de hacer cruzar los límites del cuerpo humano; el afán de superación; el espíritu olímpico… Samuel Delafé sonrió.
-Perdone señor Delafé pero parece que alguna cosa le resulta graciosa ¿podría compartirlo con los demás si fuera tan amable?- por primera vez el calvo había dejado de sonreir.
-Verá señor Bodh, me preguntaba si podía usted recordarnos para que jugamos…- esto le devolvió la sonrisa al anfitrión.
-Cierto señor Delafé, olvidaba su extraordinario interés por el dinero. Son seis mil euros por pieza. Pero no se preocupe, todo esta muy bien especificado en los contratos. Señor Wickbud por favor…El hombre de la melena grisacea cogió de la mesita metálica un fajo de papeles y se los acercó al calvo.
-Léanlo detenidamente y si están de acuerdo firmen en las dos últimas hojas, una para ustedes y la otra para mí.
En la mesa el que parecía más complacido por que esto fuera a empezar era un hombre grueso con acento italiano que había permanecido con las manos entrelazadas hasta ahora. Carraspeó y sacó un bolígrafo del bolsillo interior de su chaleco. Samu reconoció otro bulto oculto, una pequeña pistola automática, pero nadie más pareció darse cuenta. El señor Wickbud les entregó una copia a cada uno y volvió a su sitio junto a la mesita metálica.
El primero en firmar sin leer el contrato era un tipo duro, de cabeza y cuellos enormes, de aspecto violento. No había abierto la boca en todo el rato y no dejaba de crujirse los dedos de las manos. No perdía detalle de lo que sucedía en la habitación, como si en cualquier momento tuviera que saltar a repartir mamporros en todas direcciones. Aunque hubiese llevado la camisa abrochada no hubiera podido ocultar los kilos de musculatura, y por si a alguien no le quedaba suficientemente claro, sus ojos y sus tatuajes (incluso en el pecho) parecían decir: “vamos, ponme a prueba”. Además, siendo todos rivales, el tipo duro ya había hecho un buen enemigo; él y el chino no dejaban de mirarse con odio, controlando una creciente rabia que peleaba por salir a flote. Samu llevaba rato esperando verlos saltar y matarse a cuchilladas sobre la mesa, pero percibía que eso, de momento, no iba a suceder.
Cuando Delafé leyó el contrato y firmó, el ejecutivo releía una y otra vez las hojas, como si buscara algún punto invisible, y el chino ni lo había abierto. Todos los demás habían firmado ya. Harvie, el chico de Wall Street, tenía la camisa empapada de sudor, se recolocaba las gafas sobre el puente de la nariz con irritación, y terminó firmando. Inmediatamente después Wang, el chino, abrió el contrato por las dos últimas hojas y firmó. Wickbud recogió todos los papeles y los bolígrafos y se alejó de nuevo.
Ahora Samu ya sabía un par de cosas más: a) seis mil por pieza significaba seis mil euros por dedo; b) él también tenía miedo.
El sorteo fue rápido, unas cartas de poker y el azar decidieron que el primero en jugar sería el italiano, y a partir de ahí seguirían en el sentido contrario a las agujas del reloj, lo que ponía a Samuel en segundo lugar. Los rostros alrededor de la mesa se ensombrecieron, pero el señor Bodh no dejaba de sonreir.
El italiano cogió el cuchillo y miró fijamente el filo, como si con la mirada pudiera comprobar lo afilado que estaba. Extendió la mano izquierda sobre la mesa, tan separados los dedos como pudo, y tras una breve pausa empezó a descender el cuchillo. La expresión del italiano permanecía ajena a todo cuanto estaba sucediendo allí. Sus ojos vacíos de toda emoción contrastaban con los del hombre de la melena gris, que brillaban con vida propia, devorando la escena con avidez.
Luigi DiLucca se cortó un dedo a la altura de los nudillos. Su cuerpo no reaccionó; si acaso sus cejas se levantaron durante un segundo como si no terminaran de creerse que había sido capaz de hacerlo.Inmediatamente el señor Wickbud tapó la mano con una gruesa toalla y prácticamente no vieron más sangre que la que empezaba a teñir el paño. Cogió el dedo con otra toalla y lo depositó en una cajita de cristal de forma esférica. El chino parecía no querer mirar; la gorda se tapaba la boca pero no podía apartar la mirada; mientras que el ejecutivo se había quedado literalmente con la boca abierta. Wickbud dejó la cajita justo en el centro de la mesa, con el dedo ensangrentado a la vista de todos, y volvió junto a la mesita metálica.
-Enhorabuena señor DiLucca es usted nuestro primer valiente- dijo el anfitrión-. Ya tiene usted asegurados sus primeros seis mil euros, siempre, claro, que aguante hasta que el turno vuelva a usted otra vez, entonces usted podrá escoger entre cobrar o seguir jugando.Todos continuaron observando la cajita y el dedo con enfermiza obsesión. Era repugnante tenerlo allí delante, pero más aun la idea de que poco a poco se iban a ir juntando dentro los dedos de todos ellos, hasta que hubiera un ganador.
Samuel tragó saliva con dificultad y todas las miradas se dirigieron sobre él. Una mano invisible ralentizaba sus movimientos pero consiguió coger el cuchillo y mantenerlo a la altura de sus ojos unos instantes. El reflejo de su rostro le miraba desde el plano del cuchillo y por un momento Samu creyó que los ojos que le observaban con tanta serenidad no eran los suyos. Un instante después tenía a Wickbud al lado y una toalla le cubría la mano. De nuevo todas las miradas se centraron en la cajita de cristal, ahora con dos dedos en su interior.
Samuel estaba paralizado. No entendía como había sucedido. Ni había dudado qué dedo cortar, ni tan siquiera había sentido dolor. Era como si él no hubiera tomado la decisión, ni hubiera cortado, ni que el dedo fuera suyo.
La señora obesa empezó a toser bruscamente. Se tapaba la boca intentando contener las arcadas. Su cuerpo se agitaba violentamente y su papada parecía que iba a salir despedida para caer sobre la mesa.
-Bien, bien. Parece que empezamos la ronda sin dudas- Mr.Bodh sonreía-. Señorita Flowart es su turno, si es usted tan amable…La señora tosía cada vez con mayor esfuerzo, era un ataque de tos brutal.
-Se encuentra bien señorita Flowart?-los ojos del calvo parecieron agrandar la sombra de su sonrisa.
Entonces ella vomitó. Una masa de líquido amarillento brotaba de entre sus dedos pegados a la boca. Resbalaba por su mano, por la barbilla, la enorme papada, y el generoso escote. Los miró a todos entre avergonzada y aterrorizada, mientras todos la miraban a ella. Otra convulsión más. Su pecho y su cuello se contrajeron hacia adentro y entonces su estómago quiso salir a través de su boca. Vomitaba una masa viscosa a excesiva presión. Sus ojos desorbitados miraban al techo, luego miraron a sus compañeros de mesa pidiendo ayuda en silencio, pero nadie se movió.Tras un par de interminables minutos se quedó vacía por dentro. Se enjuagó la boca con el dorso de la mano y pidió disculpas. Wickbud pasó una de sus toallas limpias y un instante después parecía que nada hubiera ocurrido con la gorda.
Ella, con el rostro desfigurado por el esfuerzo, miró al calvo y éste le devolvió la mirada dirigiendo su vista hacia el cuchillo que esperaba enfrente de ella. Hizo el gesto de cogerlo pero con la mano congelada en el aire pasó la vista por todos sus rivales y la volvió a bajar hasta su regazo.
-Creo que no me encuentro bien- susurró. Empujó la silla hacia atrás y se puso en pie con dificultad.
-Parece ser que la señorita Flowart se muestra indispuesta y prefiere dejarnos- la sonrisa del calvo continuaba allí pero sus ojos chispeaban con ira. Ella le devolvió la sonrisa, se volvió a disculpar argumentando algo sobre su salud, y movió su enorme cuerpo a una velocidad imposible para alguien de su tamaño hasta llegar a la puerta. La abrió, cogió su abrigo, y salió sin mirar atrás, sin que nadie pudiera añadir nada más.
[*]Publicado en http://rebelion-paginas-blanco.blogspot.com/
Samu estaba sentado en una mesa redonda al igual que los otros cinco desconocidos. Justo encima de ellos una única lámpara de cristal iluminaba de forma desigual la habitación, dejando que el denso humo del tabaco visitara a solas los rincones más oscuros de la sala.
Samuel Delafé no sabía exactamente como había llegado hasta allí.Tenía un vago recuerdo; en el aeropuerto compró un billete para un vuelo prácticamente al azar. Una vez bajó del avión, se subió a toda prisa en el primer autocar que arrancaba. En el último pueblo del recorrido se apeó, y anduvo sin dirección concreta durante casi dos horas, dejando los restos de la civilización detrás suyo. Por último se adentró en las colinas y atravesó un sendero invisible hasta llegar a aquella cabaña de vieja madera.
Samuel Delafé sin embargo tenía muy claro para qué había ido allí.
A los desconocidos no los había visto nunca antes. Se sentaban como él alrededor de la mesa, y todos se miraban con una extraña mezcla de emociones. Pero había una que se repetía en cada una de aquellas miradas y Samu no terminaba de reconocerla.Un ejecutivo con camisa y corbata no dejaba de hablar. Reía sus propias ocurrencias, y se daba un aire de importancia, como de cierta superioridad, pero la verdad es que se le veía histérico. Sólo le daba conversación la única mujer de la mesa, una cincuentona enorme, obesa, a la que le temblaban las manos, e intentaba – sin éxito- encenderse un nuevo cigarrillo antes de terminarse el que estaba fumando.
-Muy buenas noches- una voz potente y agradable justo detrás de Samuel les hizo callar a todos-. Soy el señor Bodh, y ustedes son mis invitados. Espero estén todo lo cómodos que se puede estar en un sitio así- el que hablaba era un altísimo hombre calvo. Samu no lo había visto hasta que empezó a hablar, y estaba seguro que el resto de invitados tampoco.
El recién llegado sonreía abiertamente y sus gestos, atentos y educados, hicieron que todos se relajaran un tanto. Todos menos Delafé, que ahora sabía qué emoción había estado viendo en las miradas del resto de invitados: miedo.
Acompañaba al anfitrión un sesentón de pelo grisáceo que le caía en una cascada hasta los hombros. No se separaba de una alta mesita metálica sobre la que reposaba un maletín blanco. A su izquierda un perchero repleto de abrigos, y a la derecha una gran ventana que dejaba ver un cielo oscuro, sin rastro de la luna ni de una sola estrella.
Un hombre con una descuidada barba de naufrago se removía incómodo en su silla. Cogió de encima de la mesa, delante suyo, un cuchillo grande y lo examinó muy de cerca. En la cara de sorpresa del resto, Samu vio que no era el único que no se había fijado hasta entonces en que cada uno tenía delante suyo un cuchillo idéntico y un trapo limpio. Todos los que se sentaban alrededor de la mesa se miraron unos a otros con desconfianza. Samu supo, como había sabido que todos tenían miedo, que alrededor de la mesa todos eran enemigos.
El calvo, ahora de pie junto a la señora, admiraba satisfecho la escena.
-Les ruego que me perdonen, es importante que les recuerde las reglas del juego- apoyó sus manos en los hombros de la gorda y del chino que tenía a su derecha y ambos se sobresaltaron a su contacto-. Un pequeño sorteo determinará quién de ustedes será el primero y empezaremos la rueda- siguió girando alrededor de los invitados, y fue visible el descanso que eso supuso para la gorda y el chino-. Ustedes, queridos míos, en cada ronda tendrán dos opciones durante su turno: jugar o rendirse. Si deciden que es el momento ideal para dejar el juego, les invitaremos amablemente a abandonar la casa. Por el contrario, pueden seguir jugando hasta que el último que no haya tirado la toalla sea el vencedor. Si nadie llega hasta el final, gano yo. Creo que ya tenían todo esto claro antes de venir hasta aquí. Seguidamente les entregaré el contrato que ustedes firmarán voluntariamente y empezaremos sin más- el calvo había rodeado toda la mesa y acabó su discurso justo al llegar al lado de Samuel, al que no llegó a tocar. Levantó las manos en lo que debería haber sido un gesto amistoso y concluyó-. Si alguien tiene alguna duda creo que este es el momento de preguntar.
Samuel recorrió con la vista a los que seguían sentados en la mesa y seguía viendo miedo, pero también excitación, curiosidad, y en algún caso hasta placer. Sabiendo que eran rivales, a Samu le vino a la mente la imagen de una carrera de atletismo en una olimpiada, justo en la salida: los rostros de concentración de los participantes, ansiedad, incluso soledad; cierta fuerza irracional capaz de hacer cruzar los límites del cuerpo humano; el afán de superación; el espíritu olímpico… Samuel Delafé sonrió.
-Perdone señor Delafé pero parece que alguna cosa le resulta graciosa ¿podría compartirlo con los demás si fuera tan amable?- por primera vez el calvo había dejado de sonreir.
-Verá señor Bodh, me preguntaba si podía usted recordarnos para que jugamos…- esto le devolvió la sonrisa al anfitrión.
-Cierto señor Delafé, olvidaba su extraordinario interés por el dinero. Son seis mil euros por pieza. Pero no se preocupe, todo esta muy bien especificado en los contratos. Señor Wickbud por favor…El hombre de la melena grisacea cogió de la mesita metálica un fajo de papeles y se los acercó al calvo.
-Léanlo detenidamente y si están de acuerdo firmen en las dos últimas hojas, una para ustedes y la otra para mí.
En la mesa el que parecía más complacido por que esto fuera a empezar era un hombre grueso con acento italiano que había permanecido con las manos entrelazadas hasta ahora. Carraspeó y sacó un bolígrafo del bolsillo interior de su chaleco. Samu reconoció otro bulto oculto, una pequeña pistola automática, pero nadie más pareció darse cuenta. El señor Wickbud les entregó una copia a cada uno y volvió a su sitio junto a la mesita metálica.
El primero en firmar sin leer el contrato era un tipo duro, de cabeza y cuellos enormes, de aspecto violento. No había abierto la boca en todo el rato y no dejaba de crujirse los dedos de las manos. No perdía detalle de lo que sucedía en la habitación, como si en cualquier momento tuviera que saltar a repartir mamporros en todas direcciones. Aunque hubiese llevado la camisa abrochada no hubiera podido ocultar los kilos de musculatura, y por si a alguien no le quedaba suficientemente claro, sus ojos y sus tatuajes (incluso en el pecho) parecían decir: “vamos, ponme a prueba”. Además, siendo todos rivales, el tipo duro ya había hecho un buen enemigo; él y el chino no dejaban de mirarse con odio, controlando una creciente rabia que peleaba por salir a flote. Samu llevaba rato esperando verlos saltar y matarse a cuchilladas sobre la mesa, pero percibía que eso, de momento, no iba a suceder.
Cuando Delafé leyó el contrato y firmó, el ejecutivo releía una y otra vez las hojas, como si buscara algún punto invisible, y el chino ni lo había abierto. Todos los demás habían firmado ya. Harvie, el chico de Wall Street, tenía la camisa empapada de sudor, se recolocaba las gafas sobre el puente de la nariz con irritación, y terminó firmando. Inmediatamente después Wang, el chino, abrió el contrato por las dos últimas hojas y firmó. Wickbud recogió todos los papeles y los bolígrafos y se alejó de nuevo.
Ahora Samu ya sabía un par de cosas más: a) seis mil por pieza significaba seis mil euros por dedo; b) él también tenía miedo.
El sorteo fue rápido, unas cartas de poker y el azar decidieron que el primero en jugar sería el italiano, y a partir de ahí seguirían en el sentido contrario a las agujas del reloj, lo que ponía a Samuel en segundo lugar. Los rostros alrededor de la mesa se ensombrecieron, pero el señor Bodh no dejaba de sonreir.
El italiano cogió el cuchillo y miró fijamente el filo, como si con la mirada pudiera comprobar lo afilado que estaba. Extendió la mano izquierda sobre la mesa, tan separados los dedos como pudo, y tras una breve pausa empezó a descender el cuchillo. La expresión del italiano permanecía ajena a todo cuanto estaba sucediendo allí. Sus ojos vacíos de toda emoción contrastaban con los del hombre de la melena gris, que brillaban con vida propia, devorando la escena con avidez.
Luigi DiLucca se cortó un dedo a la altura de los nudillos. Su cuerpo no reaccionó; si acaso sus cejas se levantaron durante un segundo como si no terminaran de creerse que había sido capaz de hacerlo.Inmediatamente el señor Wickbud tapó la mano con una gruesa toalla y prácticamente no vieron más sangre que la que empezaba a teñir el paño. Cogió el dedo con otra toalla y lo depositó en una cajita de cristal de forma esférica. El chino parecía no querer mirar; la gorda se tapaba la boca pero no podía apartar la mirada; mientras que el ejecutivo se había quedado literalmente con la boca abierta. Wickbud dejó la cajita justo en el centro de la mesa, con el dedo ensangrentado a la vista de todos, y volvió junto a la mesita metálica.
-Enhorabuena señor DiLucca es usted nuestro primer valiente- dijo el anfitrión-. Ya tiene usted asegurados sus primeros seis mil euros, siempre, claro, que aguante hasta que el turno vuelva a usted otra vez, entonces usted podrá escoger entre cobrar o seguir jugando.Todos continuaron observando la cajita y el dedo con enfermiza obsesión. Era repugnante tenerlo allí delante, pero más aun la idea de que poco a poco se iban a ir juntando dentro los dedos de todos ellos, hasta que hubiera un ganador.
Samuel tragó saliva con dificultad y todas las miradas se dirigieron sobre él. Una mano invisible ralentizaba sus movimientos pero consiguió coger el cuchillo y mantenerlo a la altura de sus ojos unos instantes. El reflejo de su rostro le miraba desde el plano del cuchillo y por un momento Samu creyó que los ojos que le observaban con tanta serenidad no eran los suyos. Un instante después tenía a Wickbud al lado y una toalla le cubría la mano. De nuevo todas las miradas se centraron en la cajita de cristal, ahora con dos dedos en su interior.
Samuel estaba paralizado. No entendía como había sucedido. Ni había dudado qué dedo cortar, ni tan siquiera había sentido dolor. Era como si él no hubiera tomado la decisión, ni hubiera cortado, ni que el dedo fuera suyo.
La señora obesa empezó a toser bruscamente. Se tapaba la boca intentando contener las arcadas. Su cuerpo se agitaba violentamente y su papada parecía que iba a salir despedida para caer sobre la mesa.
-Bien, bien. Parece que empezamos la ronda sin dudas- Mr.Bodh sonreía-. Señorita Flowart es su turno, si es usted tan amable…La señora tosía cada vez con mayor esfuerzo, era un ataque de tos brutal.
-Se encuentra bien señorita Flowart?-los ojos del calvo parecieron agrandar la sombra de su sonrisa.
Entonces ella vomitó. Una masa de líquido amarillento brotaba de entre sus dedos pegados a la boca. Resbalaba por su mano, por la barbilla, la enorme papada, y el generoso escote. Los miró a todos entre avergonzada y aterrorizada, mientras todos la miraban a ella. Otra convulsión más. Su pecho y su cuello se contrajeron hacia adentro y entonces su estómago quiso salir a través de su boca. Vomitaba una masa viscosa a excesiva presión. Sus ojos desorbitados miraban al techo, luego miraron a sus compañeros de mesa pidiendo ayuda en silencio, pero nadie se movió.Tras un par de interminables minutos se quedó vacía por dentro. Se enjuagó la boca con el dorso de la mano y pidió disculpas. Wickbud pasó una de sus toallas limpias y un instante después parecía que nada hubiera ocurrido con la gorda.
Ella, con el rostro desfigurado por el esfuerzo, miró al calvo y éste le devolvió la mirada dirigiendo su vista hacia el cuchillo que esperaba enfrente de ella. Hizo el gesto de cogerlo pero con la mano congelada en el aire pasó la vista por todos sus rivales y la volvió a bajar hasta su regazo.
-Creo que no me encuentro bien- susurró. Empujó la silla hacia atrás y se puso en pie con dificultad.
-Parece ser que la señorita Flowart se muestra indispuesta y prefiere dejarnos- la sonrisa del calvo continuaba allí pero sus ojos chispeaban con ira. Ella le devolvió la sonrisa, se volvió a disculpar argumentando algo sobre su salud, y movió su enorme cuerpo a una velocidad imposible para alguien de su tamaño hasta llegar a la puerta. La abrió, cogió su abrigo, y salió sin mirar atrás, sin que nadie pudiera añadir nada más.
[*]Publicado en http://rebelion-paginas-blanco.blogspot.com/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)